lunes, 31 de agosto de 2009

Para siempre






Se acercaron porque sus caminos estaban enfrentados. Se sentaron en las únicas mesas vacías porque la soledad también es compañía. Se miraron porque sus ojos buscaban escuchar acordes del pasado y no estación Florida y oficina. Se ignoraron por temor a ser ellos mismos. Se gritaron en silencio porque así se escuchaban mejor. Se entendieron sin preguntas, se amaron sin besarse, llegaron a estar el uno al lado del otro sin tocarse. Después se alejaron sin querer recordar, se olvidaron sin saber llorar, porque el destino era tangente, porque el destino esperaba en otros ojos, en otro tiempo, en otro instante.



sábado, 1 de agosto de 2009

Críticas




Un joven escritor había terminado de corregir su octavo gran relato cuando decidió publicar su primer libro. Toda la familia del joven escritor se puso muy contenta. La noticia llegó a los amigos del joven escritor y se hizo una fiesta para celebrar la publicación. Después se enteraron los vecinos y, entre ellos, un vecino dueño de una pequeña editorial. El vecino dueño de la pequeña editorial pidió leer los relatos del joven escritor y le parecieron de un muy buen nivel. El joven escritor dijo que corregiría los ocho relatos y se los entregaría al vecino dueño de la pequeña editorial para publicar el libro.

Las correcciones se hicieron dudas, y el joven escritor prefirió tomarse un tiempo antes de publicar su primer libro; con veinte años todavía tenía tiempo para corregir sin presiones. El tiempo se transformó en años, y los amigos y familiares del joven escritor se preocuparon y preguntaron por qué tanto temor por publicar el libro. El joven escritor respondió que quería estar segurísimo de las correcciones, para que cada coma estuviese en el lugar donde debía estar, y que cada punto estuviese donde debería estar. Los años se acumularon y formaron una década. El joven escritor seguía sin publicar su libro. El joven escritor ya no era joven, era todo un hombre.

El hombre escritor dudaba. El vecino dueño de la editorial presionó ––con argumentadas y convincentes palabras–– al hombre escritor para que publicara el libro, pero el hombre escrito afirmó que sólo le quedaban tres relatos por corregir. Los años dejaron de agruparse, nadie se acordaba de ellos. El hombre escritor ya era viejo.

El viejo escritor estaba corrigiendo su último gran relato cuando un nuevo joven escritor le dijo que iba a publicar su primer libro. El viejo escritor le dijo al nuevo joven escritor que estuviera muy seguro de lo que iba a dejar en las hojas, porque cada símbolo que se iba a encontrar en el libro iba a ser parte de él para siempre. El nuevo joven escritor no quería cometer los mismos errores del viejo escritor y publicó su libro sin dudar un instante, ignorando las advertencias del viejo escritor. Las críticas fueron durísimas con el nuevo escritor. Nadie volvió a leer su libro.

El viejo escritor terminó de corregir sus ocho relatos y publicó su primer libro en la pequeña (que ahora era grande) editorial del vecino (que se había jubilado y dejado a su hijo a cargo del negocio). La alegría del viejo escritor se desvaneció cuando las hojas se leyeron por primera vez. Nadie entendía los relatos. El mundo había cambiado mucho y todos pensaron que las historias del viejo escritor estaban muy pasadas de moda. El viejo escritor murió un año después, con una angustia muy grande. Nadie volvió a leer su libro.