Un joven escritor había terminado de corregir su octavo gran relato cuando decidió publicar su primer libro. Toda la familia del joven escritor se puso muy contenta. La noticia llegó a los amigos del joven escritor y se hizo una fiesta para celebrar la publicación. Después se enteraron los vecinos y, entre ellos, un vecino dueño de una pequeña editorial. El vecino dueño de la pequeña editorial pidió leer los relatos del joven escritor y le parecieron de un muy buen nivel. El joven escritor dijo que corregiría los ocho relatos y se los entregaría al vecino dueño de la pequeña editorial para publicar el libro.
Las correcciones se hicieron dudas, y el joven escritor prefirió tomarse un tiempo antes de publicar su primer libro; con veinte años todavía tenía tiempo para corregir sin presiones. El tiempo se transformó en años, y los amigos y familiares del joven escritor se preocuparon y preguntaron por qué tanto temor por publicar el libro. El joven escritor respondió que quería estar segurísimo de las correcciones, para que cada coma estuviese en el lugar donde debía estar, y que cada punto estuviese donde debería estar. Los años se acumularon y formaron una década. El joven escritor seguía sin publicar su libro. El joven escritor ya no era joven, era todo un hombre.
El hombre escritor dudaba. El vecino dueño de la editorial presionó ––con argumentadas y convincentes palabras–– al hombre escritor para que publicara el libro, pero el hombre escrito afirmó que sólo le quedaban tres relatos por corregir. Los años dejaron de agruparse, nadie se acordaba de ellos. El hombre escritor ya era viejo.
El viejo escritor estaba corrigiendo su último gran relato cuando un nuevo joven escritor le dijo que iba a publicar su primer libro. El viejo escritor le dijo al nuevo joven escritor que estuviera muy seguro de lo que iba a dejar en las hojas, porque cada símbolo que se iba a encontrar en el libro iba a ser parte de él para siempre. El nuevo joven escritor no quería cometer los mismos errores del viejo escritor y publicó su libro sin dudar un instante, ignorando las advertencias del viejo escritor. Las críticas fueron durísimas con el nuevo escritor. Nadie volvió a leer su libro.
El viejo escritor terminó de corregir sus ocho relatos y publicó su primer libro en la pequeña (que ahora era grande) editorial del vecino (que se había jubilado y dejado a su hijo a cargo del negocio). La alegría del viejo escritor se desvaneció cuando las hojas se leyeron por primera vez. Nadie entendía los relatos. El mundo había cambiado mucho y todos pensaron que las historias del viejo escritor estaban muy pasadas de moda. El viejo escritor murió un año después, con una angustia muy grande. Nadie volvió a leer su libro.
Poesía escrita hace unos cuantos años, a los dieciocho. Tiene un grado de pureza tal que es imposible ignorarla.
Un poco de leyenda, un poco de realidad
Una charla con el sol, mil fiestas con la luna. Él me enseñaba a crecer, ella me endulzaba en su locura. ––Nunca estas solo si tu mente puede volar ––decía él. ––Siempre hay algo por sentir, ya me vas a olvidar ––decía ella. Y así, el sol la luna se hicieron mis amigos, los dos de mi lado, los dos contra el olvido. Un día, de tanto volar y no ver, choque con un ángel que afirmaba poder rescatarme de mi soledad. Era tierna, hermosa, un tesoro de los más buscados. Pero no entendí sus caprichos dulces de mujer, quizá por inmaduro, quizá por testarudo. Pero yo decidí volver con el sol y la luna otra vez. Ellos dos saben quién soy y me aceptan: loco, perdido, con sangre en las venas. Quizás no sean normales pero ¿quién puede medir la locura? Si lo sagrado es destruido por la barbarie en tendencias y modismos, y destruir también es ignorar, como al Sol y la Luna, quienes me invitaron a su ritual, donde para ser sólo había que creer. Pero las historias suelen tener secretos, y yo era misterioso como el mar. El sol amaba a la luna, pero ella amaba a un ser terrenal; me besaba para escapar de la soledad. Hasta que el sol salió en la noche más oscura y la luna, hermosa pero ingenua, sólo supo llorar. El sol se fue del otro lado del mundo para no ver y en su dolor recordar, mientras que ella fue atada a la soledad de las noches. Nunca pudo escapar. En cuanto a mi, me condenaron dos eternidades a este mundo por ser sincero, por decirle que no a lo absurdo. Pero me acostumbré a ser mortal. Aprendí a convivir con mi soledad. Ahora los veo de lejos y extraño nuestros momentos juntos. A él lo veo todos los días, ya me supo perdonar. A ella que, de tanto en tanto se aleja, le confieso que no puedo dejarla de amar.
Une autre fois mais n'est pas de nouveau,
autre fois parce qu'elle est début
Cuando una verdad es una mentira, el secreto se transforma en el refugio del grito que el silencio siempre sabe callar. Y esa herida, prohibida para tus ojos, es la fatalidad de este destino que no entiende por qué me tengo que esconder en mi propia sombra para ser yo mismo.
Es de noche y mi ausencia descansa en la oscuridad, mi silencio se mezcla con el de la calle, como si los contrastes se perdieran en un mismo tono, en una misma intención. Pero sin contrastes todo sería igual, estas palabras no tendrían necesidad de existir, y es en este límite abstracto donde puedo ser yo mismo sin necesidad de esconderme. Porque escribir siempre es un silencio.
Otro día se va, y yo que me voy en la otra dirección, en esa dimensión sin vectores que es el silencio; la otra poesía, la respuesta que no se percibe pero que está ahí: detrás de mis ojos.
Otra vez ignorar lo correcto, otra vez jugar al juego que sólo yo entiendo, otra vez escapar para volver. Y volver con otra expresión, como si se hubiese dejado toda mancha moral que tapa la piel, mirando a quien no
se escapó con ojos de mentira, con ojos de infidelidad. Porque los escapes son infieles, porque el silencio es infiel.
Otra vez de vuelta. Otra vez otra vez. Las mismas calles, los mismos miedos, los mismos sueños, las mismas preguntas y el mismo tiempo. Y jugar con la alquimia de poder detener el tiempo en una foto no llena este espacio; es un placer a cuenta gotas, es ilusionarse con la realidad, es parar el tiempo en un papel, es odia a ése papel por poder ser eterno, es resignarse a seguir en esta línea sin sentido que es el tiempo.
Otra vez es de noche. Otra vez vas a llamar, otra vez voy a dormir, otra vez voy a despertar, a empezar lo que no que quiero, a tratar de jugar con el tiempo, a tratar de sonreírle a una nube que pasa en el mismo cielo. Pero quizás encuentre lo que busco, ese otro poema tan perfecto, tan anhelado, tan cerca pero tan lejos de mis ojos, de mis manos, de mis sueños: las palabras que escribe el silencio.
Forzar las letras. Agrupar las palabras que caprichosamente no quieren decir nada. Esta inspiración sin necesidad que se quiere quejar de lo que no le duele. Estas manos que dibujan manchas en un papel y no sienten. Y me pregunto por qué debería escribir si no sé que decir, sólo someter a todas estas palabras a que hagan lo que yo no puedo ––por cobardía––, y nunca podré hacer: decirte a los ojos lo que siento.
Sentir las gotas de lluvia sobre el techo de chapa; inconfundible placer. Pero mirar el sol del mediodía por la ventana resultó ser desagradable, la peor de las mezclas; los dos extremos de un día.
Llovía pero el sol brillaba. Esperar que las nubes tapasen el sol, que deberían estar cerca, viniendo del otro lado. Pero el tiempo se transformó en anormalidad. La espera de las nubes se transformó en duda, porque el sol brillaba como brillan todos los soles, porque la lluvia se escuchaba como todas las lluvias en un techo de chapa.
Caminar hacia el patio de casa y descubrir que el cielo era celeste no fue tan increíble como ver a las personas completamente indiferentes a la lluvia, con sus paraguas abiertos, las corridas sin sentido para escapar del agua cayendo del cielo como si fuera el peor de los miedos. Solo ojos hacia abajo, solo paraguas abiertos.
Las nubes estaban cerca, viniendo. Se las podía ver desde el Este. El sol brillaba y el agua mojaba, pero había una redundancia que faltaba y era normal preguntarse por qué.
Era egoísta preocuparse por la indiferencia de las personas y no por la redundancia. Pero era imposible hablar, era imposible preguntarle al hombre que pasaba por la vereda de casa si se había dado cuenta de lo que pasaba, porque las personas no solo ignoraban la lluvia, y se sentía algo similar al miedo que las personas tampoco mirasen los ojos temerosos del otro lado de las rejas, esos ojos que buscaban responder la respuesta sumergiéndose cada vez más y más en la dudad. Ni un solo parpadeo hacia el cielo, ni siquiera una mirada de reojo a quien estaba parado, con los brazos levemente abiertos, con la cara empapada en gotas de lluvia y en otra sustancia que le dibujaba esa expresión de que algo extraño estaba pasando.
Pero no. El celeste del cielo de apoco quedó detrás del gris de la tormenta, Las nubes cubrieron lentamente el cielo. El sol se transformó en recuerdo. Un trueno se hizo escuchar después de un desello que iluminó el cielo. Y pensaba que las gotas se mezclaban: las gotas de la tormenta y las gotas de la redundancia que faltaba. Pero ya no había más personas. Las calles eran de la lluvia.
Mama apreció de repente, corriendo, escapando del agua que caía como caen todas las aguas.
––¡Qué hacés parado ahí afuera! ––dijo abriendo la puerta de la calle––. Entra que te vas a empapar.
Pero hacía dos tormentas que estaba mojado. Y era normal el enojo de mama; como toda madre.
––¿Entraste la ropa del tender? ––preguntó cuando la reja de la calle se cerró.
El gesto que respondía lo que mama no quería saber. Volver a correr. Aprovechar que ya se estaba completamente empapado para entrar la ropa que seguramente estaba completamente pasada por agua. El reproche inevitable de mama una vez que la ropa estuvo a salvo dentro de casa fue inevitable; como toda madre. Dejar la ropa apoyada. La duda que se había materializado en la ropa, porque que no estaba tan mojada; solo una tormenta.
Y quedarse con la duda, dejar la ropa acomodada pensando en la duda, volver a la pieza con la duda, donde se podía escuchar las gotas de lluvia sobre el techo de chapa; inconfundible placer. Pero había una redundancia que faltaba, y era normal preguntarse por qué.
Pienso en la libertad. Y sé que mejor sería no escribir. Pero sería otro silencio más, y el ruido de la barbarie que cada vez se hace más insoportable.
Pienso en la libertad. En realidad estoy pensando en la palabra. Ahora caer por ese tobogán frenético que es el significado de lo que pienso. Debería aclarar que no escribo un ensayo ––no sé hacerlo y tampoco es mi intención–– pero pensé en la palabra, y creo que el concepto es tan erróneo como no se cree.
¿Acaso el hombre es libre? Los contextos históricos dirán que sí, la biología diría que sí. Pero lo que yo miro lo refuta. Y mis ojos no son especiales, mis ojos no son verdad, no son la verdad, pero creo ser crítico, creo poder analizar lo que miro, creo poder pensar.
El hombre puede caminar por donde quiera, cuando quiera y como quiera. Falso. Hoy la cultura es límite. La estructura nos frena. Y no es mas que la estructura que nosotros creamos, que el hombre supo crear para organizarse. Y surge la duda… como tantas dudas.
La ignorancia también es libertad; libertad de hacer lo que uno quisiera sin importar los conceptos ya preestablecidos. Un amigo mío ––que no es mío–– hace poco estuvo en Arabia Saudita y le sacaba foto a cuanto cosa encontraba después de parpadear. Era lógico ––culturalmente lógico–– que alguien le dijese que había ciertas cosas que no se podían fotografiar. Completamente comprensible. Por razones de religión y cultura mi amigo ––que no es mío–– pidió disculpas y se fue avergonzado como sé que se fue. Ahora bien. El concepto de conocer limitó su libertad de hacer lo que quisiera; de repente alguien le enseñó que existía un límite.
Esto significa que el conocimiento condiciona. No es pregunta, pero es necesario aclarar la negación. No somos menos libres por saber, pero es la cultura la que nos va a encerrar (y esa es la palabra que quería usar) en su forma, en su manera de ser, en su sí y no.
El hombre tiene libertad de pensar. Falso. La historia demostró que si se piensa fuera de los límites de la cultura se puede quedar fuera del círculo repetitivo que hace a la cultura la ambivalencia irónica (o viceversa) de ser y no ser; tener que esperar al tiempo para que las ideas lleven a esa idea, para que los conceptos se introduzcan en el círculo.
Pero al margen de la rebeldía, tan necesaria a los veinte años, tengo que refutarme. Porque con todo lo anterior creo que la libertad de ser es justamente condicionada por el encierro conceptual de la cultura. Es decir, que no existe libertad sin la tendencia de la cultura a encerrarnos en sus límites, porque sino no hubiese concepto de libertad, no hubiese la palabra “libertad” y yo no pensaría en la libertad y no estaría escribiendo, solo viendo los colores que no se llamarían colores, que pensaría sin necesidad de saber que estoy pensando: algo así como un chico sin personas alrededor.
todo esto surgió de: http://www.arteyfotografia.com.ar/7954/fotos/200155/#comentarios
Usted no se preocupe por las críticas, solo piense en sobrevivir. Allá abajo, hacia donde a usted lo lleva la escalera mecánica, no hay oxígeno, para nada. Y no importa que línea sea o en que estación se encuentre, el aire es una carencia en las profundidades del microsistema de los subtes. Pero la masa avanza y usted no puede (debe) quedarse atrás. Pero la decisión de cómo vivir esta en usted.
Primero elija dos botellas de plástico (pueden ser más) bien grandes. Elija a gusto porque botellas de plástico hay de muchos colores y tamaños muy bonitos. Después de la elección proceda a llenar las botellas con aire. Si usted tiene la desgracia de vivir en una ciudad contaminada y sin árboles, se encontrará con un obstáculo horripilante que lo hará reaccionar sobre la triste realidad de la urbanización. Pero la masa avanza y usted no puede quedarse atrás, en la rebeldía de defender a los pobres árboles.
Una vez satisfecho por la elección de sus botellas vaya a un parque, una plaza o algún lugar donde sobreviva algún tronco con plantas. Es de vital importancia que se encuentre lejos de automóviles, fábricas y otras máquinas destructoras del medio ambiente. Una vez encontrado el árbol saque las botellas y ábralas como si tuviera ganas de vivir. Apriete las botellas para que se vacíen de algún gas maligno que pudiera haber quedado en el interior de los cilindros huecos. Previo a esto, pierda el pudor y déle un beso al árbol que encontró y también déle las gracias por permitirle vivir a usted y a toda la humanidad. Acomode sus botellas cerca del árbol y deje que la naturaleza haga su trabajo de todos los días.
El proceso de llenado es largo. Pero existe el problema de no poder abandonar las botellas. Primero porque alguien se las puede robar y, segundo, porque no falta quién (irónicamente) le diga que esta contaminando el planeta. Para no entrar en discusión con diferentes subespecímenes de la raza humana, usted quédese con las botellas. Lleve a su pareja para no aburrirse tanto, si quiere. Si no tiene, llévese un libro para leer (o hacerse el que lee) o quizá algún dispositivo donde pueda escuchar música.
Proceso de llenado: entre treinta minutos y una hora. Tape las botellas con las respectivas tapas y vuelva a su refugio artificial. Antes de irse, déle otro beso al árbol que, sin pedirle nada a cambio, le dio a usted tanto oxígeno.
Una vez en su refugio artificial, deje las botellas junto a las cosas del trabajo o de estudio y váyase a dormir con la seguridad de tener sus botellas bien llenas de oxígeno para el día siguiente.
Sonría el despertar. Aunque no parezca el autoestima ayuda a que el viaje sea más placentero. Desayune si tiene tiempo y si se quedó dormido salga corriendo sin dudarlo a tomar el subte. Agarre las cosas que usted considera necesarias y salga la calle, enfrente la realidad de todos los días. No olvide las botellas, aunque parezca una redundancia, es normal que en este mundo de vidas sin tiempo uno se olvide de las cosas más importantes, como pueden ser un par de botellas o la vida misma.
Párese frente a la escalera y antes de bajar respire profundamente. Es verdad que en la superficie el aire no es puro ––cada vez mas el aire es cualquier cosa menos aire––, pero ayuda a ahorrar el tesoro gaseoso que usted tiene dentro de los cilindros. No exhale, aguante la respiración y baje sin temor por la escalera que lo lleva hacia el infierno.
No se preocupe por las miradas. Abstráigase de los comentarios y quejas cuando usted suba con las botellas a empujones pegajosos de personas sin nombre. Usted no tiene la culpa de que no haya lugar en la lata de metal. Sonría, ríase y dígale al que se queja ––aunque quizá las quejas solo sean miradas–– que es supervivencia; quizá lo entiendan.
No olvide que no debe respirar allá abajo. ¡No lo haga! Abra levemente una de las botellas (no del todo) y tenga a mano el pico para respirar el aire puro y vital. Procure que el aire no se escape. Respire por la boca, con una bocana larga y profunda. Sienta el aire: su frescura, su vitalidad; sienta los bronquios y bronquíolos trabajar a gusto con ese oxígeno tan puro que usted les brinda. No olvide que ese oxígeno después va parar a su sangre, por lo que no se sorprenda si de repente usted se siente con ganas de vivir: es el cuerpo trabajando a gusto.
No se sienta mal al espirar. Suelte sus gases de invernadero con ganas. No disimule. Suéltelo y contamine el ambiente. Usted no tiene la culpa que no haya árboles en el subte que den oxígeno al resto de las subespecies que lo miran con bronca.
No olvide tapar la botella una vez terminada la respiración. Sonríale a la persona que tiene al lado, coméntele lo que está haciendo y porque lo esta haciendo. Convídele de su aire. No sea egoísta. Los otros tampoco tienen la culpa que el mundo sea así.
Quizá la botella le dure todo el viaje (depende las distancias). Apriete la botella y guárdela para cuando vuelva a visitar al árbol que usted encontró. El resto del día haga su vida normal. No olvide que tiene que volver (por eso la segunda botella). Repita el proceso que satisfactoriamente logró realizar a la ida. El aire se siente igual de bien, este usted yendo o volviendo.
Con el paso del tiempo usted puede caer en cierta adicción por el oxígeno. Es normal. El cuerpo se mal (bien) acostumbra y va a querer aire. Pero con tantas adicciones, una que a usted le haga bien no viene mal, justamente. El problema es que con el tiempo usted no podrá respirar en la ciudad. Avenida Corrientes le parecerá una desagradable repugnancia por consecuencia de la combustión de autos y colectivos. Es normal cierta alucinación de pequeños monstruos de smog acosándolo en plena Florida. El número de botellas por viaje aumentará considerablemente cuando su cuerpo empiece a rechazar el aire de las calles.
Diez o quince por día lo acompañaran a todos lados. La gente se burlará de usted, es probable que lo echen de su trabajo, sus amigos se enojaran porque se pasa largas horas llenando las botellas y andará besando cuanto árbol encuentre sobreviviendo por ahí.
En ese punto su adicción al aire será un problema y usted romperá con los esquemas y se ira a vivir a un lugar más natural. Hágalo, no dude. La masa seguirá avanzando y usted se quedará atrás. Para su autoestima, conocerá gente que piensa igual que usted y, entre charla y charla, disfrutará del aire que no deberá llenar en botellas, por lo menos hasta que los ladrillos de la evolución lo alcancen, y empiece a escapar de la masa (que avanza y no se detiene) otra vez.