Dame tus ojos para ver lo mejor de mí. Te doy mis días para que te pierdas en una nube. Dame tus pies para saber dónde estoy. Te doy mi brújula para que no vayas al norte. Dame un espacio para poder acomodar los pedazos que me sobran del tiempo. Te doy mis palabras para que no se las lleve el viento.
No me des aire, no me des esperanza, porque nunca voy a poder darte suspiros ni sueños. No me des razones para ser, no me des juguetes que se van a romper, porque las razones son monstruos que viven debajo de mi cama, y no puedo jugar con miedo.
No me des motivos porque seguro los voy a perder. No me des amor porque seguro lo voy a romper. No me des lo que yo te doy, no me des intentos que sabemos van
a terminar en un cajón, no me des historias que no voy a escribir, no me des el destino que no sé vivir.
Dame tus ojos para poderme descubrir. Te doy mi silencio para que aprendas acercarte a mí.
Se acercaron porque sus caminos estaban enfrentados. Se sentaron en las únicas mesas vacías porque la soledad también es compañía. Se miraron porque sus ojos buscaban escuchar acordes del pasado y no estación Florida y oficina. Se ignoraron por temor a ser ellos mismos. Se gritaron en silencio porque así se escuchaban mejor. Se entendieron sin preguntas, se amaron sin besarse, llegaron a estar el uno al lado del otro sin tocarse. Después se alejaron sin querer recordar, se olvidaron sin saber llorar, porque el destino era tangente, porque el destino esperaba en otros ojos, en otro tiempo, en otro instante.
Un joven escritor había terminado de corregir su octavo gran relato cuando decidió publicar su primer libro. Toda la familia del joven escritor se puso muy contenta. La noticia llegó a los amigos del joven escritor y se hizo una fiesta para celebrar la publicación. Después se enteraron los vecinos y, entre ellos, un vecino dueño de una pequeña editorial. El vecino dueño de la pequeña editorial pidió leer los relatos del joven escritor y le parecieron de un muy buen nivel. El joven escritor dijo que corregiría los ocho relatos y se los entregaría al vecino dueño de la pequeña editorial para publicar el libro.
Las correcciones se hicieron dudas, y el joven escritor prefirió tomarse un tiempo antes de publicar su primer libro; con veinte años todavía tenía tiempo para corregir sin presiones. El tiempo se transformó en años, y los amigos y familiares del joven escritor se preocuparon y preguntaron por qué tanto temor por publicar el libro. El joven escritor respondió que quería estar segurísimo de las correcciones, para que cada coma estuviese en el lugar donde debía estar, y que cada punto estuviese donde debería estar. Los años se acumularon y formaron una década. El joven escritor seguía sin publicar su libro. El joven escritor ya no era joven, era todo un hombre.
El hombre escritor dudaba. El vecino dueño de la editorial presionó ––con argumentadas y convincentes palabras–– al hombre escritor para que publicara el libro, pero el hombre escrito afirmó que sólo le quedaban tres relatos por corregir. Los años dejaron de agruparse, nadie se acordaba de ellos. El hombre escritor ya era viejo.
El viejo escritor estaba corrigiendo su último gran relato cuando un nuevo joven escritor le dijo que iba a publicar su primer libro. El viejo escritor le dijo al nuevo joven escritor que estuviera muy seguro de lo que iba a dejar en las hojas, porque cada símbolo que se iba a encontrar en el libro iba a ser parte de él para siempre. El nuevo joven escritor no quería cometer los mismos errores del viejo escritor y publicó su libro sin dudar un instante, ignorando las advertencias del viejo escritor. Las críticas fueron durísimas con el nuevo escritor. Nadie volvió a leer su libro.
El viejo escritor terminó de corregir sus ocho relatos y publicó su primer libro en la pequeña (que ahora era grande) editorial del vecino (que se había jubilado y dejado a su hijo a cargo del negocio). La alegría del viejo escritor se desvaneció cuando las hojas se leyeron por primera vez. Nadie entendía los relatos. El mundo había cambiado mucho y todos pensaron que las historias del viejo escritor estaban muy pasadas de moda. El viejo escritor murió un año después, con una angustia muy grande. Nadie volvió a leer su libro.
Poesía escrita hace unos cuantos años, a los dieciocho. Tiene un grado de pureza tal que es imposible ignorarla.
Un poco de leyenda, un poco de realidad
Una charla con el sol, mil fiestas con la luna. Él me enseñaba a crecer, ella me endulzaba en su locura. ––Nunca estas solo si tu mente puede volar ––decía él. ––Siempre hay algo por sentir, ya me vas a olvidar ––decía ella. Y así, el sol la luna se hicieron mis amigos, los dos de mi lado, los dos contra el olvido. Un día, de tanto volar y no ver, choque con un ángel que afirmaba poder rescatarme de mi soledad. Era tierna, hermosa, un tesoro de los más buscados. Pero no entendí sus caprichos dulces de mujer, quizá por inmaduro, quizá por testarudo. Pero yo decidí volver con el sol y la luna otra vez. Ellos dos saben quién soy y me aceptan: loco, perdido, con sangre en las venas. Quizás no sean normales pero ¿quién puede medir la locura? Si lo sagrado es destruido por la barbarie en tendencias y modismos, y destruir también es ignorar, como al Sol y la Luna, quienes me invitaron a su ritual, donde para ser sólo había que creer. Pero las historias suelen tener secretos, y yo era misterioso como el mar. El sol amaba a la luna, pero ella amaba a un ser terrenal; me besaba para escapar de la soledad. Hasta que el sol salió en la noche más oscura y la luna, hermosa pero ingenua, sólo supo llorar. El sol se fue del otro lado del mundo para no ver y en su dolor recordar, mientras que ella fue atada a la soledad de las noches. Nunca pudo escapar. En cuanto a mi, me condenaron dos eternidades a este mundo por ser sincero, por decirle que no a lo absurdo. Pero me acostumbré a ser mortal. Aprendí a convivir con mi soledad. Ahora los veo de lejos y extraño nuestros momentos juntos. A él lo veo todos los días, ya me supo perdonar. A ella que, de tanto en tanto se aleja, le confieso que no puedo dejarla de amar.
Une autre fois mais n'est pas de nouveau,
autre fois parce qu'elle est début
Cuando una verdad es una mentira, el secreto se transforma en el refugio del grito que el silencio siempre sabe callar. Y esa herida, prohibida para tus ojos, es la fatalidad de este destino que no entiende por qué me tengo que esconder en mi propia sombra para ser yo mismo.
Es de noche y mi ausencia descansa en la oscuridad, mi silencio se mezcla con el de la calle, como si los contrastes se perdieran en un mismo tono, en una misma intención. Pero sin contrastes todo sería igual, estas palabras no tendrían necesidad de existir, y es en este límite abstracto donde puedo ser yo mismo sin necesidad de esconderme. Porque escribir siempre es un silencio.
Otro día se va, y yo que me voy en la otra dirección, en esa dimensión sin vectores que es el silencio; la otra poesía, la respuesta que no se percibe pero que está ahí: detrás de mis ojos.
Otra vez ignorar lo correcto, otra vez jugar al juego que sólo yo entiendo, otra vez escapar para volver. Y volver con otra expresión, como si se hubiese dejado toda mancha moral que tapa la piel, mirando a quien no
se escapó con ojos de mentira, con ojos de infidelidad. Porque los escapes son infieles, porque el silencio es infiel.
Otra vez de vuelta. Otra vez otra vez. Las mismas calles, los mismos miedos, los mismos sueños, las mismas preguntas y el mismo tiempo. Y jugar con la alquimia de poder detener el tiempo en una foto no llena este espacio; es un placer a cuenta gotas, es ilusionarse con la realidad, es parar el tiempo en un papel, es odia a ése papel por poder ser eterno, es resignarse a seguir en esta línea sin sentido que es el tiempo.
Otra vez es de noche. Otra vez vas a llamar, otra vez voy a dormir, otra vez voy a despertar, a empezar lo que no que quiero, a tratar de jugar con el tiempo, a tratar de sonreírle a una nube que pasa en el mismo cielo. Pero quizás encuentre lo que busco, ese otro poema tan perfecto, tan anhelado, tan cerca pero tan lejos de mis ojos, de mis manos, de mis sueños: las palabras que escribe el silencio.
Forzar las letras. Agrupar las palabras que caprichosamente no quieren decir nada. Esta inspiración sin necesidad que se quiere quejar de lo que no le duele. Estas manos que dibujan manchas en un papel y no sienten. Y me pregunto por qué debería escribir si no sé que decir, sólo someter a todas estas palabras a que hagan lo que yo no puedo ––por cobardía––, y nunca podré hacer: decirte a los ojos lo que siento.
Sentir las gotas de lluvia sobre el techo de chapa; inconfundible placer. Pero mirar el sol del mediodía por la ventana resultó ser desagradable, la peor de las mezclas; los dos extremos de un día.
Llovía pero el sol brillaba. Esperar que las nubes tapasen el sol, que deberían estar cerca, viniendo del otro lado. Pero el tiempo se transformó en anormalidad. La espera de las nubes se transformó en duda, porque el sol brillaba como brillan todos los soles, porque la lluvia se escuchaba como todas las lluvias en un techo de chapa.
Caminar hacia el patio de casa y descubrir que el cielo era celeste no fue tan increíble como ver a las personas completamente indiferentes a la lluvia, con sus paraguas abiertos, las corridas sin sentido para escapar del agua cayendo del cielo como si fuera el peor de los miedos. Solo ojos hacia abajo, solo paraguas abiertos.
Las nubes estaban cerca, viniendo. Se las podía ver desde el Este. El sol brillaba y el agua mojaba, pero había una redundancia que faltaba y era normal preguntarse por qué.
Era egoísta preocuparse por la indiferencia de las personas y no por la redundancia. Pero era imposible hablar, era imposible preguntarle al hombre que pasaba por la vereda de casa si se había dado cuenta de lo que pasaba, porque las personas no solo ignoraban la lluvia, y se sentía algo similar al miedo que las personas tampoco mirasen los ojos temerosos del otro lado de las rejas, esos ojos que buscaban responder la respuesta sumergiéndose cada vez más y más en la dudad. Ni un solo parpadeo hacia el cielo, ni siquiera una mirada de reojo a quien estaba parado, con los brazos levemente abiertos, con la cara empapada en gotas de lluvia y en otra sustancia que le dibujaba esa expresión de que algo extraño estaba pasando.
Pero no. El celeste del cielo de apoco quedó detrás del gris de la tormenta, Las nubes cubrieron lentamente el cielo. El sol se transformó en recuerdo. Un trueno se hizo escuchar después de un desello que iluminó el cielo. Y pensaba que las gotas se mezclaban: las gotas de la tormenta y las gotas de la redundancia que faltaba. Pero ya no había más personas. Las calles eran de la lluvia.
Mama apreció de repente, corriendo, escapando del agua que caía como caen todas las aguas.
––¡Qué hacés parado ahí afuera! ––dijo abriendo la puerta de la calle––. Entra que te vas a empapar.
Pero hacía dos tormentas que estaba mojado. Y era normal el enojo de mama; como toda madre.
––¿Entraste la ropa del tender? ––preguntó cuando la reja de la calle se cerró.
El gesto que respondía lo que mama no quería saber. Volver a correr. Aprovechar que ya se estaba completamente empapado para entrar la ropa que seguramente estaba completamente pasada por agua. El reproche inevitable de mama una vez que la ropa estuvo a salvo dentro de casa fue inevitable; como toda madre. Dejar la ropa apoyada. La duda que se había materializado en la ropa, porque que no estaba tan mojada; solo una tormenta.
Y quedarse con la duda, dejar la ropa acomodada pensando en la duda, volver a la pieza con la duda, donde se podía escuchar las gotas de lluvia sobre el techo de chapa; inconfundible placer. Pero había una redundancia que faltaba, y era normal preguntarse por qué.